Museo Universidad de Navarra
Durante el primer martes de un septiembre que adolece las inexorables consecuencias del cambio climático, las salas frías y espaciosas del Museo de la Universidad de Navarra se presentaban todo un alivio ante el tórrido bochorno que sacudía en la calle.
Unas escaleras de mármol al más puro estilo Vértigo conducían a la exposición
irónica y burlona del catalán Joan Fontcuberta. Trajes soviéticos, naves
espaciales, falsos documentos y una sala llena de ‘’estrellas’’ radiactivas.
Fontcuberta incrusta su figura en algunas conocidas imágenes de la época
sustituyendo al ''inexistente'' compañero de la perrita Laika en su viaje en la
nave soviética Sputnik II. Crea una serie de pruebas que, sin conocer el
contexto, bien podríamos haberlas tomado como verdaderas.
En otra área de la exposición, Fontcuberta convierte el
suelo de mármol y las paredes neutras del museo en el escenario de una fauna
atópica y disparatada. Simulando la veracidad de los estudios científicos de un
reputado investigador, el artista muestra animales disecados formados por un
batiburrillo de patas, alas y colas. Un corzo con las alas expandidas de un
águila imperial, una ardilla cuya cola resulta ser la parte delantera de una
serpiente, un ciervo con el torso y la cabeza de un mono. Una locura divertida
y original ambientada con una banda sonora que recuerda la vida en plena selva.
Saliendo de la exposición grotesca del catalán, nos adentramos en la exposición de Pierre Gonnord, que reúne una serie de retratos fotográficos sobre algunos personajes desheredados por la sociedad: los últimos mineros en Asturias y una comunidad de gitanos nómadas que se debaten entre Portugal y España.
Las piezas de Gonnord, sencillas y elegantes, conmueven porque transmiten verdad. Con fondos neutros y negros, destacan los rostros de los mineros ennegrecidos, sucios, llenos de mierda. Ni las ropas rasgadas, ni la porquería logran sacudir un ápice de dignidad del semblante de esas personas, que nos miran con tantas cosas que decirnos...
Las piezas de Gonnord, sencillas y elegantes, conmueven porque transmiten verdad. Con fondos neutros y negros, destacan los rostros de los mineros ennegrecidos, sucios, llenos de mierda. Ni las ropas rasgadas, ni la porquería logran sacudir un ápice de dignidad del semblante de esas personas, que nos miran con tantas cosas que decirnos...
Silvia Rico




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