Raíces
En lo alto de una colina, sobre la tierra fértil, se posa cansado un árbol viejo. Solo. De vez en cuando se le acerca un agricultor al borde de la jubilación sobre las ruedas grandes de un tractor y, todavía más de vez en cuando, un par de conejos blancos y juguetones que corretean sobre sus raíces.
Aburrido, parece siempre estar esperando a que algo suceda. ‘’Ay...’’, se lamenta, ‘’maldito el día en el que alguien decidió dejarme aquí’’. Pobre árbol. Solo puede conformarse con admirar la frondosidad de los montes cercanos y desear formar parte de ellos.
Una tarde en que la luz del sol se tropieza con las nubes
lóbregas, el tractor se aproxima al árbol más de lo normal. De pronto, el ruido
del motor se demora. El agricultor, da un salto ligero, pone pies en tierra y coloca
su espalda contra el tronco. El viejo árbol se sonroja, pero no puede evitar
sentirse contento ante su nueva compañía.
‘’¿Por qué estás aquí tan abandonau?’’, dice el agricultor de pronto. ‘’¿Por qué no vas allí,
donde están los demás árboles?’’. Pregunta mientras señala al monte más
cercano. El árbol se entristece. El agricultor, que ahora silba una canción
mientras se enciende un cigarrillo, tiene razón. ‘’Debo actuar. Quiero irme de
aquí’’, piensa el árbol. ‘’Mañana será el día. Esta es mi última noche
solitaria’’.
A la mañana siguiente, el árbol, decidido, comienza a
despegar sus raíces profundas de la tierra. Las miles de ramas que se derivan
de su tronco tiemblan peligrosamente debido al gran esfuerzo. Alguna que otra
hoja cae muerta al suelo. Comienza a sudar. Poco a poco va logrando
desenraizarse. Cada vez con menos sacrificio. Por fin. Ya está. Suelto. Libre.
El árbol mira de frente a la montaña cercana que le había
señalado el agricultor. Hay muchos árboles. Son muy verdes. ‘’Seguro que serán
buenos amigos’’, piensa. Comienza a moverse. ‘’¡Qué difícil es andar!’’, se
dice, pero, aunque torpemente, avanza. El camino no es sencillo. Hay muchas
subidas y algunas piedras puñeteras.
Va cayendo el día y el árbol está cada vez más próximo a su
nuevo hogar. Zarzas, espinos y punzantes cardos secos. No ha sido fácil, pero
al llegar el crepúsculo, el árbol ha conseguido, al fin, alcanzar la montaña.
‘’¿Y ahora qué?’’, se pregunta. ‘’Ahora debo buscar un hueco donde plantarme’’.
Recorre con dificultad los estrechos senderos chocando,
inevitablemente, sus ramas con las de otros árboles. Le insultan. ‘’¡Vete a
molestar a otro lado, viejo!’’. Incómodo y cansado, trata de sortearlos a toda
costa, pero no lo consigue. ‘’¿Qué voy a hacer?’’, se lamenta.
De pronto, vislumbra una pequeña concavidad cuya superficie
está desocupada. Arrastrando con dificultad sus raíces, toma el lugar y, tras
acomodarse, comienza a plantarse. Las raíces más pequeñas logran atravesar la
tierra, pero es un árbol viejo y algunas de ellas son demasiado gruesas para el
terreno.
Cae la noche, y el árbol no consigue instalarse. Agotado y
sediento, pide ayuda a los árboles vecinos, pero no obtiene respuesta. ‘’Todos
duermen’’, se consuela. Sin embargo, sabe que en realidad están despiertos.
El pobre árbol llora y llora, desconsolado, lamentándose por
haber desatado sus raíces ancianas de aquella colina que, en el fondo, no
estaba tan mal.





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