lunes, 3 de octubre de 2016

PÁRPADOS

Un niño está herido. Sus piernas y brazos morenos se abarrotan por el caudal de sangre que mana desde su rodilla y codo. Las lagrimas estallan y empapan su rostro. La ropa que cubre su cuerpo menudo está embarrada y en algunos puntos agujereada. El niño grita mientras tapa con sus manos, también malheridas, el brote de su rodilla.

Mis ojos se abren. Iris, córnea, pupila, cristalino, zónulas, retina, nervio óptico. Me paro. Quieta. Lentamente cierro mis párpados. Un suspiro suave. El niño, puedo verlo. Sigue ahí, gritando de dolor y pidiendo con su mirada desazonada ayuda.

Abro los ojos de nuevo. Rápido, saco mi cámara y caigo. La imagen era demasiado buena. Clic. Ya está, ahora será eterna, pero no solo para mí. En el encuadre se ve a un niño, rodeado de lodo, abatido en el suelo. La ropa, desgarrada, y una corriente fuerte de sangre que parece no cesar. No, ese niño no puede estar aquí. Por lo menos, vive en un lugar de esos de guerra. ¡Qué tragedia! ¡Qué miseria le rodea! Barro y pobreza. ¡Míralo, no puede permitirse ropa nueva! ¡Ay... cuán lejos vivimos del horror! Esa fotografía, como mínimo, merece un Pulitzer. Pobre criatura...

Mis párpados se separan del aparato. ¿Qué he hecho? Lo confieso... He mentido. Al lado del niño agónico y lastimado se encuentra tumbada una bicicleta. Pocos centímetros más allá de ella, un pedal. El niño había perdido el equilibrio y se había desviado del camino de brea que conducía al parque. Caída fatídica. Rota la bici, rota su ropa y rota su piel. Llora, pero mamá lo curará enseguida. La sangre dejará de nacer de su codo y rodilla.  


Continuo mi camino. Mis manos en la cámara han estafado. Embusteras. He tentado. La foto siempre estará ahí y quienes la vean creerán que he estado en una guerra. Sin embargo, hay alguien que sabe la verdad. Son ellos. Son mis fieles párpados.

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